13.8.10

La Bestia

Cuando al mirarse en el espejo lo notó ya era demasiado tarde.

Sus ojos empezaron a cambiar de tono hasta que el iris pasó del marrón oscuro a un amarillo anaranjado. Gotas de sudor frío recorrían su frente y cuello deslizándose atraídas por la gravedad, pero hacía mucho más calor dentro de él que fuera.

Toda esa presión le había hecho despertar, y él lo sabía, es más, lo ansiaba. Deseaba volver a liberar esa bestia, destrozar sus ataduras y razonar por el instinto más basico, el deseo.

Su pulso se aceleraba rápidamente, sus dientes sonreían apretados, sus manos se aferraban al lavabo con ganas de destrozarlo. La bestia crecía dentro de él y lo notaba.

Quería correr, gritar, romper y destrozar, amar y odiar, morder, follar. Anhelaba el no tener responsabilidades. Ansiaba el actuar sin pensar.

Se mordía con tal fuerza que sus labios sangraron. Sus uñas comenzaban a crecer, sus músculos se hipertrofiaban, sus oídos se afinaban, su pelo crecía, la cola volvía a crecer.

Sólo sentía dolor, más del que nunca antes sintió, pero seguía esbozando esa hermosa y pícara sonrisa.

Quiso desprenderse de todo y lo hizo.

Volvió la hora de la caza.


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